lunes, 21 de marzo de 2016

A veces el cazador pasa a ser la presa...

Anoche se cortó la luz, eran las 2 am.
Eso generalmente pasa cuando algún ebrio choca contra postes de luz. 
Me acordé la última vez que pasó aquello el año pasado y fueron unas 2 horas antes que repongan el poste. 
Ya me preparaba para traer velas y hacer algo que no requiera electricidad cuando se me ocurrió una idea. Aprovechando que vestía pantalones negros me puse la chaqueta negra y salí a explorar el sector a oscuras.
Fabuloso, sólo unos pocos autos y los podía ver de lejos. La noche tranquila, caminé por calles y me aventuré por pasajes que no conocía casi sin poder ver nada. 
La adrenalina corriendo recordé que la avenida tiene árboles, mejor aún me fui directo.
Por el sonido del pasto supe donde estaba, los sentidos más agudos, pude oír alguien caminando por la vereda de en frente, un esfuerzo visual y distinguí que llevaba ropas blancas, yo entero de negro llevaba ventaja para camuflarme, me sentí poderoso.
No alcancé a avanzar 100 metros cuando las luces de la camioneta de carabineros (suerte de policía en Chile) iluminaron muchas cuadras. Avancé pausado hacia el sector de la ciudad con luces.
Los policías me divisaron, cambiaron su rumbo para acercarse a mí, comprensible, su ronda precisamente quería cuidar las casas del sector de posibles ladrones dispuestos a usar la oscuridad para hacer algo.
Complicada situación, decidí que evadirlos era ya imposible, se acercaban desde atrás mucho más rápido de lo que podría yo escapar, recordé en ese instante una lección de un libro que estuve leyendo en los días en que no tuve internet: 36 estrategias chinas. Una decía que el mejor camuflaje no es el que se esconde sino el que actúa a vista total. Salí de los árboles y me acerqué a una vereda que doblaba justamente hacia las cuadras que no habían sido afectadas por la luz, pero antes de llegar inevitablemente sería interceptado por la camioneta con la roja luz dando vueltas iluminando cuadras, casas y árboles de la silente avenida.
Llegando a la esquina me interceptó el auto dirigiendo sus luces a mí, no les ignoré, serenamente y con manos en los bolsillos los miré directamente con expresión serena, una leve mueca de sonrisa en mi boca y nunca detuve mi marcha camino a la luz. Funcionó, pasaron de largo y me tomaron por un simple ciudadano quizá regresando a su hogar.



Tras eso tuve que caminar unos 10 minutos horrorosos en calles iluminadas y pronto volví mis pasos por la misma calle hacia la zona de la avenida y la oscuridad.
Increíblemente a lo lejos se distinguía nuevamente el carro policial.
Esta vez no me arruinarían el paseo nocturno con sus luces porque estaban tan lejos que tenía tiempo para perderme en los laberínticos pasajes que rodean mi casa. Caminé un poco más casi sin ver nada ni a nadie y llegué a mi casa.
La magia ocurrió cuando justo tras meter la llave -iluminándome con el celular- se encendieron todas las luces, el apagón había terminado. Qué coincidencia deliciosa!



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