martes, 6 de septiembre de 2016

No podía odiar

Ni por más que lo tratara, no podía odiar ¡y cómo querría!
Más no le salía, odiar no podía.

Desde siempre a quién le atacara terminaba la vida poniéndolo en la situación de ayudar al atacante de alguna forma...

Cuando grande llegó al dilema del tipo ese ladrón que ahora escapa porque acaba de robar en mi casa mientras yo lo persigo pero justo es atropellado y el conductor se da a la fuga: ¿pesco las cosas que me robó y dejo al ladrón en el suelo o llamo para pedir ayuda médica? (sólo yo he visto el accidente, no hay nadie más cerca...)

Y elegí que salvaría al infeliz que me haga daño también.

De viejo entendí y corroboré que son esos los mejores maestros, más que mal, lo que a veces creemos daño es también una enseñanza de visión, de sabiduría de decir: en esto no vuelvas a caer, ignora esta piedra la próxima vez...
Esos que creemos enemigos
tienen su misión y la cumplen. 

Nada personal.


1 comentario:

  1. Lo planteaste bien pero no me termina de convencer. Y no se justifican algunas enseñanzas por el daño recibido.
    Saludos.

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